2018 · texto para libro de artista

Agradezco a Pilar del Rio y Sérgio Machado Letria ― presidenta y director de la Fundação José Saramago ― por el texto cedido, apoyo y colaboración en este libro de artista.

LAS PALABRAS

Las palabras son buenas. Las palabras son malas. Las palabras ofenden. Las palabras piden disculpa. Las palabras queman. Las palabras acarician. Las palabras son dadas, cambiadas, ofrecidas, vendidas e inventadas. Las palabras están ausentes. Algunas palabras nos absorben, no nos abandonan: son como garrapatas: vienen en los libros, en los periódicos, en los anuncios, en los letreros de las películas, en las cartas y en los carteles. Las palabras aconsejan, sugieren, insinúan, ordenan, imponen, segregan, eliminan. Son melifluas o ácidas. El mundo gira sobre palabras lubrificadas con aceite de paciencia. Los cerebros están llenos de palabras que viven en paz con sus contrarias y enemigas. Por eso las personas hacen lo contrario de lo que piensan, creyendo pensar lo que hacen. Hay muchas palabras.

 

Y están los discursos, que son palabras apoyadas unas en otras, en equilibrio inestable gracias a una precaria sintaxis, hasta el broche final del “Dije” o “He dicho”. Con discursos se conmemora, se inaugura, se abren y cierran sesiones, se lanzan cortinas de humo o disponen guirnaldas de terciopelo. Son brindis, oraciones, parloteos y conferencias. Por los discursos se transmiten loores, agradecimientos, programas y fantasías. Y después las palabras de los discursos aparecen tendidas en papeles, son pintadas con tinta de imprenta ―y por esa vía entran en la inmortalidad del Verbo. Al lado de Sócrates, el presidente de la junta fija el discurso que abre la llave del surtidor. Y las palabras manan, tan fluidas como el “precioso liquido”. Escurren interminablemente, inundan el suelo, llegan hasta las rodillas o la cintura, a los hombros, al cuello. Es el diluvio universal, un coro desafinado que brota de millones de bocas. La tierra sigue su camino envuelta en un clamor de locos, a gritos, a aullidos, envuelta también en un murmullo manso, contenido y conciliador. Hay de todo en el orfeón: tenores y tenorinos, bajos, sopranos de do de pecho fácil, barítonos hinchados, contraltos de falsete. En los intervalos se oye el punto. Y todo esto aturde a las estrellas y perturba las comunicaciones como las tempestades solares.

 

Porque las palabras han dejado de comunicar. Cada palabra es dicha para que no se oiga otra palabra. La palabra, incluso cuando no afirma, se afirma. La palabra no responde ni pregunta: hace masa. La palabra es la hierba fresca y verde que cubre los ribazos del pantano. La palabra es polvo en los ojos y ojos limpios. La palabra no muestra. La palabra disfraza.

 

De ahí que sea urgente mondar las palabras para que la semilla se mude en cosecha. De ahí que las palabras sean instrumento de muerte ―o de salvación. De ahí que la palabra sólo valga lo que vale el silencio del acto.

 

Está también el silencio. El silencio, por definición, es lo que no se oye. El silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundo. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. Todas las palabras. Las palabras buenas y las malas. El trigo y la cizaña. Pero sólo el trigo da pan.

José Saramago

 

PIEDRA DE LUNA (59 poemas y un madrigal) Ed. de Guante Blanco / Comares – Granada 1999
Traducción de Fidel Villar Ribot

 

 

TEXTO ORIGINAL

AS PALAVRAS

As palavras são boas. As palavras são más. As palavras ofendem. As palavras pedem desculpa. As palavras queimam. As palavras acariciam. As palavras são dadas, trocadas, oferecidas, vendidas e inventadas. As palavras estão ausentes. Algumas palavras sugamnos, não nos largam: são como carraças: vêm nos livros, nos jornais, nos slogans publicitários, nas legendas dos filmes, nas cartas e nos cartazes. As palavras aconselham, sugerem, insinuam, ordenam, impõem, segregam, eliminam. São melífluas ou azedas. O mundo gira sobre palavras lubrificadas com óleo de paciência. Os cérebros estão cheios de palavras que vivem em boa paz com as suas contrárias e inimigas. Por isso as pessoas fazem o contrário do que pensam, julgando pensar o que fazem. Há muitas palavras.

 

E há os discursos, que são palavras encostadas umas às outras, em equilíbrio instável graças a uma precária sintaxe, até ao prego final do ‘disse’ ou ‘tenho dito’. Com discursos se comemora, se inaugura, se abrem e fecham sessões, se lançam cortinas de fumo ou dispõem bambinelas de veludo. São brindes, orações, palestras e conferências. Pelos discursos se transmitem louvores, agradecimentos, programas e fantasias. E depois as palavras dos discursos aparecem deitadas em papéis, são pintadas de tinta de impressão – e por essa via entram na imortalidade do Verbo. Ao lado de Sócrates, o presidente da junta afixa o discurso que abriu a torneira do marco fontanário. E as palavras escorrem, tão fluidas como o «precioso líquido». Escorrem interminavelmente, alagam o chão, sobem aos joelhos, chegam à cintura, aos ombros, ao pescoço. É o dilúvio universal, um coro desafinado que jorra de milhões de bocas. A terra segue o seu caminho envolta num clamor de loucos, aos gritos, aos uivos, envolta também num murmúrio manso, represo e conciliador. Há de tudo no orfeão: tenores e tenorinos, baixos cantantes, sopranos de dó de peito fácil, barítonos enchumaçados, contraltos de voz-surpresa. Nos intervalos, ouve-se o ponto. E tudo isto atordoa as estrelas e perturba as comunicações, como as tempestades solares.

Porque as palavras deixaram de comunicar. Cada palavra é dita para que se não oiça outra palavra. A palavra, mesmo quando não afirma, afirma-se. A palavra não responde nem pergunta: amassa. A palavra é a erva fresca e verde que cobre os dentes do pântano. A palavra é poeira nos olhos e olhos furados. A palavra não mostra. A palavra disfarça.

Daí que seja urgente mondar as palavras para que a sementeira se mude em seara. Daí que as palavras sejam instrumento de morte – ou de salvação. Daí que a palavra só valha o que valer o silêncio do ato.

Há também o silêncio. O silêncio, por definição, é o que não se ouve. O silêncio escuta, examina, observa, pesa e analisa. O silêncio é fecundo. O silêncio é a terra negra e fértil, o húmus do ser, a melodia calada sob a luz solar. Caem sobre ele as palavras. Todas as palavras. As palavras boas e as más. O trigo e o joio. Mas só o trigo dá pão.

José Saramago

exposición GRÁFICA · La Maleta, galería de arte

Vistas de la galería

 

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