‘SOBRE LAS FLORES DE CLARICE’

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ACUARELAS

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El proyecto ‘SOBRE LAS FLORES DE CLARICE’ está siendo elaborado durante esta extraña primavera del 2020, en la que el tiempo y el espacio se dilatan ocupando un lugar en el alma como si fuesen las fluidas palabras de Clarice Lispector en la novela ‘Agua Viva’*. Es aquí en donde aparecen descritas las 19 flores que han servido de fuente de inspiración para estas acuarelas.

Editadas y tratadas, desde el confinamiento, con cuidado y cariño como si de seres vivos se tratasen. Este es un homenaje a la figura de esta escritora universal, donde a través de este libro me he sumergido en la emoción seductora de sus textos. Su escritura siempre me ha atraído por su manera de divagar vibrante y expansiva sobre los temas que son la espina vertebral de mi obra.

Las palabras se convierten en mancha, brochazo o trazo, se rompen o transforman, pero su contenido es la esencia que prevalece trasladándome a los conceptos que son las herramientas en mi trabajo: los opuestos, el agua y las palabras.

Opuestos como el lleno/vacío, ruido/silencio, alegría/tristeza, femenino/masculino, etc.
El agua como materia flexible, extensa, que no conoce limites
Y las palabras como definidoras y transgresoras de las fronteras culturales.

* Textos de las flores de Clarice Lispector:
em idioma original “Água Viva” Ed. Nova Fronteira, 9ª edição 1987 (pag. 58-61 e 64)
en español “Agua Viva” Ed. Siruela, 2004, traducción del portugués de Elena Losada (pag. 66-70 y 74)

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PROYECTO DE EDICIÓN

“SOBRE LAS FLORES DE CLARICE”
constará de 30 ejemplares numerados del 1/30 al 30/30,
tres pruebas de autor y dos H.C.

Se realizará la estampación digital sobre papel Zerkall Artag de 300 gr/m2
en el Taller Manolo Gordillo. Edición de Arte durante la primavera/verano del 2020

Una parte de la edición se distribuirá completa y otra parte en flores sueltas

Caja de madera con cierre de encastre imantado, teñido de verde y encerado, de 31 x 34,5 x 5 cm

Que contiene un álbum/herbario con tapas de madera y tela de encuadernar, donde se encuentran inseridas las 19 impresiones digitales de las acuarelas inspiradas en el texto de Clarice Lispector que se encuentra delante de cada flor en portugués y en español. El prólogo es de Antonio Maura, coordinador del homenaje a Clarice Lispector en el centenario de su nacimiento, en el Instituto Cervantes de Río de Janeiro, Brasil.

Este proyecto de edición cuenta con la ayuda y apoyo de:

Antonio Maura, sucesores de Clarice Lispector, Elena Losada, Nylcéa Pedra, Manuela Vespeira, Ismael Arinas , Merran van der Tak, Manolo Gordillo…

Caja abierta & hebario | 31x34,5x5 cm | madera

PDF: SOBRE LAS FLORES DE CLARICE

edición completa

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Prólogo:

El Jardín

Hubo una vez un jardín donde todo era posible. No sé en qué lugar estaba, no sé si era en el pasado o en el futuro, en mi fantasía o en mi deseo. De lo que sí estoy seguro es que ese jardín existe, aunque nunca he sabido encontrarlo. En él se manifiestan los seres vivos tal como son y sus movimientos se ejecutan en total libertad, nadie impone su voluntad a nadie y todos actúan por sí mismos, proyectándose en el espacio como las aves cuando emprenden el vuelo. En ese jardín, cuyo nombre ignoro o he olvidado, hay fieras salvajes que no atacan pues están saciadas y los insectos labran sus intricados laberintos, en el aire o en la tierra, sus secretos pasadizos que sólo ellos conocen, sin otro objeto que satisfacer su propio instinto de especie. Los árboles crecen en ese jardín sin límites y se comunican los unos con los otros por sus raíces bajo tierra y las plantas también con el roce de sus hojas. Los pájaros se posan sobre sus ramas para entonar su canto en un coro diverso de voces, melodías y colores. Y en lo más intricado de sus tallos, a la sombra de su frondosidad verde, brotan numerosas flores tiñendo el espacio de aromas, formas y tonalidades diferentes.

Conocía ese jardín como si lo hubiera visitado en algún momento, como si lo hubiese habitado. En él también vivían hombres y mujeres que no se entorpecían en sus diferentes caminos, ni imponían sus apetitos. Eran machos y hembras semejantes, con sus funciones y destinos propios, con sus impulsos soberanos, que no precisaban tener un nombre, pues se reconocían por sus miradas y aceptaban el roce de sus cuerpos como una caricia, un abrazo o un acto de amor. En aquel jardín, donde nadie era enemigo de nadie, la violencia no existía ni era necesaria. Allí los seres se comunicaban unos con otros como en una gigantesca obra de arte viva, que algún creador desconocido hubiese ideado, y donde si algo faltase, un gesto un tono o una voz, la obra entera perdería su equilibrio, se difuminaría y desaparecería.

Puedo buscarlo y no encontrarlo, pero no por ello ese jardín deja de existir. Tengo prueba de ello y no sólo por mi remoto recuerdo, que no sé de dónde me llega, sino porque he leído y visto el testimonio de viajeras que lo han hollado y han paseado por él. Y en esos documentos se habla de los seres que he descrito aquí y de las profundas aguas que lo riegan: fuentes y regatos, estanques naturales, cascadas y riachuelos, lagos transparentes. Aguas todas ellas, ya inmóviles o en movimiento, de una vivacidad extrema, burbujeantes, resplandecientes, refrescantes. Y a sus orillas, en la tierra húmeda, o encaramadas en lo alto de los arbustos, en la superficie de los troncos o en los prados, numerosas flores de todos los tamaños, de infinidad de formas, desplegando un paisaje de fragancias y vistiendo la verdura de sorprendentes tonalidades, brillos y fogonazos de color.

Las flores… Quizás fueron las flores las que—en mi recuerdo o en los escritos que menciono—más me impresionaron. Eran flores que hablaban sin palabras, sólo con el silencio embarazoso de su presencia, con su dolor íntimo. Había rosas sensuales, sabrosas al olfato y perfumadas para el sabor, con su poderosa feminidad desnuda, a la vista. Luego, algo más allá, un conjunto de claveles parecían estar irritados con el ámbito que les rodeaba. Se vestían con un aroma mortal que me atraía, pero por el que no quise dejarme llevar.

Continué, continuaba, pues aún estoy viendo y sintiendo aquel jardín, por senderos a los que se asomaban violetas de una rara belleza, misteriosas, introvertidas, que parecían siempre estar ocultando un secreto en su color amoratado, vestigio de una herida antigua que nunca pudieron olvidar. Y a su derredor un campo de margaritas como un enjambre de doncellas reían y saltaban, alegres, poseídas de una dicha incontenible, infantil. Sin embargo, encaramadas a un tronco, o escondidas en un recodo entre piedras, se veían orquídeas, de formas diversas, siempre elegantes, que, aunque parecieran antipáticas, no lo eran, pues tenían tal belleza, tal distinción, que no podrían dejar de contemplarse en ningún momento. También había amapolas como una multitud de pequeños corazones latiendo: eran semejantes a pajarillos, de todas las formas y coloraciones, que hubiesen perdido sus cuerpos y aun así cantasen.

Al pie de un pequeño montículo, diseminados en el verde, se veía un conjunto de jazmines, que parecían guardar las emanaciones de los enamorados, un aura con el que impregnaban el aire que les envolvía. Y, al fondo, desplegando sus vivos colores—rojos, morados, albos—un amplio grupo de geranios parecían alumbrar la entraña de la vida. También había, más extraños, más solitarios, un conjunto de crisantemos amarillos y blancos con esa profunda y salvaje alegría, que alumbra los campos y los llena de significado y de símbolos.

Vi girasoles moviéndose lentamente como en una plegaria, pues adoran al sol y le obedecen ciegamente. Había siemprevivas y también campos de tulipanes como manchas de sangre, semejantes a las profundidades de un cuerpo, que no tuviese contornos sino llagas. Flotando en las aguas de un lago natural, estaban las victorias regias, inmensas, majestuosas, que acompañaban, con su sombra aérea y su aroma imposible, la tranquila calma del agua. Reconocí angélicas que aspiraban a salir de sí mismas, pero no lograban encontrar alguien o algo a lo que entregarse, y estrelícias como crestas de gallo, soberbias y agresivas. Estaba tan lleno el jardín de flores y plantas, de vegetación, que me sería imposible recordar y mencionarlas todas.

Luego, al poco de ponerse el sol, en aquel principio de noche parecieron despertar infinidad de fragancias y, cuando me encaminaba por un silencioso sendero entre tinieblas, distinguí el perfume de las damas de la noche, como un alarido nocturno que pocos soportan: era luna llena y pensé que podría ser así el aullido que emite el astro en su pálida soledad de piedra.

Todo el jardín quedó envuelto por la noche como si se hubiese cubierto con una inmensa túnica, un poderoso manto de piedra y olvido. Poco sabría decir más, pues aquellas imágenes, aquellos aromas y colores quedaron sepultados en mi memoria hasta que las anotaciones de Clarice Lispector1 y y las acuarelas de un herbario compuesto por Saskia Moro, que están impresas en este libro, me han hecho recordar aquel jardín sin nombre, o cuyo nombre no recuerdo, y me han vuelto a llevar hasta él, hasta sus fuentes inmaculadas, sus aguas cristalinas, sus veredas siempre verdes, sus animales y seres humanos gozando de una autonomía plena, saciados de dicha y esperanza, mientras que allí, en lo alto, las aves vuelan en completa libertad.

Antonio Maura

1 .- ‘Agua Viva’ 2004, traducción del portugués de Elena Losada (pag. 66-70 y 74)

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PDF: Flores sueltas | SOBRE LAS FLORES DE CLARICE

2019 · libro/objeto | as palavras/las palabras

Libro de artista · as palavras - las palabrasTexto José Saramago · box

fotos Laura Martínez Lombardías

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Los objetos son el reflejo material de los aspectos conceptuales sobre los que reflexiono en mi obra. Por tanto, este libro forma parte del conjunto crucial de trabajos que representan mis ideas.
Establecido el concepto de libro como objeto; elegida la palabra como contenido del libro; seleccionadas las técnicas tradicionales para construir el mensaje impreso; he volcado el texto ‘as palavras’, de José Saramago en su centro. Las palabras de Saramago enuncian con maestría los argumentos que me motivan: los opuestos, desde la palabra llena, al silencio, al vacío, a la ausencia que se vuelve presencia. De todo lo que sucede y de tanto que es – se confunden en este juego de transparencias – ya nada se percibe. Según Saramago: ‘[…] cada palabra es dicha para que no se oiga otra. […] La palabra no responde ni pregunta: hace masa.’

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DATOS TÉCNICOS

Creación y elaboración por Saskia Moro

Este libro/objeto acabó de imprimirse en el taller Manolo Gordillo en el verano de 2019

Serigrafía sobre vidrio al ácido y estampa digital sobre papel japonés de 12 gr/m2.

Edición de 17 ejemplares numerados y firmados más 1 prueba de artista, 1 prueba de taller y 1 prueba H.C.

Editado por

Fundação José Saramago

y

La Factoría de Papel

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TEXTO USADO EN ESTE LIBRO-OBJETO:

LAS PALABRAS

Las palabras son buenas. Las palabras son malas. Las palabras ofenden. Las palabras piden disculpa. Las palabras queman. Las palabras acarician. Las palabras son dadas, cambiadas, ofrecidas, vendidas e inventadas. Las palabras están ausentes. Algunas palabras nos absorben, no nos abandonan: son como garrapatas: vienen en los libros, en los periódicos, en los anuncios, en los letreros de las películas, en las cartas y en los carteles. Las palabras aconsejan, sugieren, insinúan, ordenan, imponen, segregan, eliminan. Son melifluas o ácidas. El mundo gira sobre palabras lubrificadas con aceite de paciencia. Los cerebros están llenos de palabras que viven en paz con sus contrarias y enemigas. Por eso las personas hacen lo contrario de lo que piensan, creyendo pensar lo que hacen. Hay muchas palabras.

 

Y están los discursos, que son palabras apoyadas unas en otras, en equilibrio inestable gracias a una precaria sintaxis, hasta el broche final del «Dije» o «He dicho». Con discursos se conmemora, se inaugura, se abren y cierran sesiones, se lanzan cortinas de humo o disponen guirnaldas de terciopelo. Son brindis, oraciones, parloteos y conferencias. Por los discursos se transmiten loores, agradecimientos, programas y fantasías. Y después las palabras de los discursos aparecen tendidas en papeles, son pintadas con tinta de imprenta ―y por esa vía entran en la inmortalidad del Verbo. Al lado de Sócrates, el presidente de la junta fija el discurso que abre la llave del surtidor. Y las palabras manan, tan fluidas como el «precioso liquido». Escurren interminablemente, inundan el suelo, llegan hasta las rodillas o la cintura, a los hombros, al cuello. Es el diluvio universal, un coro desafinado que brota de millones de bocas. La tierra sigue su camino envuelta en un clamor de locos, a gritos, a aullidos, envuelta también en un murmullo manso, contenido y conciliador. Hay de todo en el orfeón: tenores y tenorinos, bajos, sopranos de do de pecho fácil, barítonos hinchados, contraltos de falsete. En los intervalos se oye el punto. Y todo esto aturde a las estrellas y perturba las comunicaciones como las tempestades solares.

 

Porque las palabras han dejado de comunicar. Cada palabra es dicha para que no se oiga otra palabra. La palabra, incluso cuando no afirma, se afirma. La palabra no responde ni pregunta: hace masa. La palabra es la hierba fresca y verde que cubre los ribazos del pantano. La palabra es polvo en los ojos y ojos limpios. La palabra no muestra. La palabra disfraza.

 

De ahí que sea urgente mondar las palabras para que la semilla se mude en cosecha. De ahí que las palabras sean instrumento de muerte ―o de salvación. De ahí que la palabra sólo valga lo que vale el silencio del acto.

 

Está también el silencio. El silencio, por definición, es lo que no se oye. El silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundo. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. Todas las palabras. Las palabras buenas y las malas. El trigo y la cizaña. Pero sólo el trigo da pan.

José Saramago

 

PIEDRA DE LUNA (59 poemas y un madrigal) Ed. de Guante Blanco / Comares – Granada 1999
Traducción de Fidel Villar Ribot

 

 

TEXTO ORIGINAL

AS PALAVRAS

As palavras são boas. As palavras são más. As palavras ofendem. As palavras pedem desculpa. As palavras queimam. As palavras acariciam. As palavras são dadas, trocadas, oferecidas, vendidas e inventadas. As palavras estão ausentes. Algumas palavras sugamnos, não nos largam: são como carraças: vêm nos livros, nos jornais, nos slogans publicitários, nas legendas dos filmes, nas cartas e nos cartazes. As palavras aconselham, sugerem, insinuam, ordenam, impõem, segregam, eliminam. São melífluas ou azedas. O mundo gira sobre palavras lubrificadas com óleo de paciência. Os cérebros estão cheios de palavras que vivem em boa paz com as suas contrárias e inimigas. Por isso as pessoas fazem o contrário do que pensam, julgando pensar o que fazem. Há muitas palavras.

 

E há os discursos, que são palavras encostadas umas às outras, em equilíbrio instável graças a uma precária sintaxe, até ao prego final do ‘disse’ ou ‘tenho dito’. Com discursos se comemora, se inaugura, se abrem e fecham sessões, se lançam cortinas de fumo ou dispõem bambinelas de veludo. São brindes, orações, palestras e conferências. Pelos discursos se transmitem louvores, agradecimentos, programas e fantasias. E depois as palavras dos discursos aparecem deitadas em papéis, são pintadas de tinta de impressão – e por essa via entram na imortalidade do Verbo. Ao lado de Sócrates, o presidente da junta afixa o discurso que abriu a torneira do marco fontanário. E as palavras escorrem, tão fluidas como o «precioso líquido». Escorrem interminavelmente, alagam o chão, sobem aos joelhos, chegam à cintura, aos ombros, ao pescoço. É o dilúvio universal, um coro desafinado que jorra de milhões de bocas. A terra segue o seu caminho envolta num clamor de loucos, aos gritos, aos uivos, envolta também num murmúrio manso, represo e conciliador. Há de tudo no orfeão: tenores e tenorinos, baixos cantantes, sopranos de dó de peito fácil, barítonos enchumaçados, contraltos de voz-surpresa. Nos intervalos, ouve-se o ponto. E tudo isto atordoa as estrelas e perturba as comunicações, como as tempestades solares.

Porque as palavras deixaram de comunicar. Cada palavra é dita para que se não oiça outra palavra. A palavra, mesmo quando não afirma, afirma-se. A palavra não responde nem pergunta: amassa. A palavra é a erva fresca e verde que cobre os dentes do pântano. A palavra é poeira nos olhos e olhos furados. A palavra não mostra. A palavra disfarça.

Daí que seja urgente mondar as palavras para que a sementeira se mude em seara. Daí que as palavras sejam instrumento de morte – ou de salvação. Daí que a palavra só valha o que valer o silêncio do ato.

Há também o silêncio. O silêncio, por definição, é o que não se ouve. O silêncio escuta, examina, observa, pesa e analisa. O silêncio é fecundo. O silêncio é a terra negra e fértil, o húmus do ser, a melodia calada sob a luz solar. Caem sobre ele as palavras. Todas as palavras. As palavras boas e as más. O trigo e o joio. Mas só o trigo dá pão.

José Saramago

 

Agradezco a Pilar del Rio y Sérgio Machado Letria ― presidenta y director de la Fundação José Saramago ― por el texto cedido, apoyo y colaboración en este libro de artista.