‘SOBRE LAS FLORES DE CLARICE’

ACUARELAS

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EDICIÓN LIBRO DE ARTISTA

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fotografía de Laura Martínez Lombardía

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introducción

Durante la extraña primavera de 2020 en donde el tiempo y el espacio se dilatan como si de un fluido se tratase, ocupando así un lugar en el alma, ha surgido ‘SOBRE LAS FLORES DE CLARICE’.  La descripción de jardín del Edén en el libro ‘Agua Viva’* de Clarice Lispector ha inspirado estas 19 acuarelas.

Editadas y tratadas con cuidado y cariño como si de seres vivos se tratase, son un homenaje a la figura de esta escritora universal.

La forma de escribir vibrante y la narrativa entretejida dotan sus palabras de percepciones que son afines a mi obra.

Las palabras se tornan mancha, brochazo o trazo, se rompen o transforman, pero su esencia prevalece.

En el espacio y el tiempo.

En los opuestos como el lleno/vacío, ruido/silencio, alegría/tristeza, femenino/masculino, vida/muerte, etc.

El agua como materia flexible, extensa, que no conoce límites.

Las palabras, como definidoras y ajenas a las fronteras culturales.

Saskia Moro

traduzido o português por Manuela Vespeira

Translated by  Ismael Arinas

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DATOS TÉCNICOS

“SOBRE LAS FLORES DE CLARICE”
consta de 30 ejemplares numerados del 1/30 al 30/30,
tres pruebas de autor y dos H.C.

de

Saskia Moro

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Se realizará la estampación digital sobre papel Zerkall Artag de 300 gr/m2
en el Taller Manolo Gordillo. Edición de Arte durante la primavera/verano de 2020

Parte de la edición se distribuirá completa y otra por flores sueltas con su texto y introducción.

Caja de madera con cierre de encastre imantado, teñido de verde y encerado, de 31 x 34,5 x 5 cm

Que contiene un álbum/herbario con tapas de madera y tela de encuadernar, donde se encuentran inseridas las 19 impresiones digitales de las acuarelas inspiradas en el texto de Clarice Lispector que se encuentra delante de cada flor en portugués y en español. El prólogo es de Antonio Maura, coordinador del homenaje a Clarice Lispector en el centenario de su nacimiento, en el Instituto Cervantes de Río de Janeiro, Brasil.

Introducción y prólogo traducido al ingles

Este proyecto de edición cuenta con la ayuda y apoyo de:

Antonio Maura, sucesores de Clarice Lispector, Elena Losada, Nylcéa Pedra, Manuela Vespeira, Ismael Arinas , Merran van der Tak & Manolo Gordillo

Caja abierta & hebario | 31x34,5x5 cm | madera

edición completa

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Prólogo por Antonio Maura

Hubo una vez un jardín donde todo era posible. No sé en qué lugar estaba, no sé si era en el pasado o en el futuro, en mi fantasía o en mi deseo. De lo que sí estoy seguro es que ese jardín existe, aunque nunca he sabido encontrarlo. En él se manifiestan los seres vivos tal como son y sus movimientos se ejecutan en total libertad, nadie impone su voluntad a nadie y todos actúan por sí mismos, proyectándose en el espacio como las aves cuando emprenden el vuelo. En ese jardín, cuyo nombre ignoro o he olvidado, hay fieras salvajes que no atacan pues están saciadas y los insectos labran sus intricados laberintos, en el aire o en la tierra, sus secretos pasadizos que sólo ellos conocen, sin otro objeto que satisfacer su propio instinto de especie. Los árboles crecen en ese jardín sin límites y se comunican los unos con los otros por sus raíces bajo tierra y las plantas también con el roce de sus hojas. Los pájaros se posan sobre sus ramas para entonar su canto en un coro diverso de voces, melodías y colores. Y en lo más intricado de sus tallos, a la sombra de su frondosidad verde, brotan numerosas flores tiñendo el espacio de aromas, formas y tonalidades diferentes.

Conocía ese jardín como si lo hubiera visitado en algún momento, como si lo hubiese habitado. En él también vivían hombres y mujeres que no se entorpecían en sus diferentes caminos, ni imponían sus apetitos. Eran machos y hembras semejantes, con sus funciones y destinos propios, con sus impulsos soberanos, que no precisaban tener un nombre, pues se reconocían por sus miradas y aceptaban el roce de sus cuerpos como una caricia, un abrazo o un acto de amor. En aquel jardín, donde nadie era enemigo de nadie, la violencia no existía ni era necesaria. Allí los seres se comunicaban unos con otros como en una gigantesca obra de arte viva, que algún creador desconocido hubiese ideado, y donde si algo faltase, un gesto un tono o una voz, la obra entera perdería su equilibrio, se difuminaría y desaparecería.

Puedo buscarlo y no encontrarlo, pero no por ello ese jardín deja de existir. Tengo prueba de ello y no sólo por mi remoto recuerdo, que no sé de dónde me llega, sino porque he leído y visto el testimonio de viajeras que lo han hollado y han paseado por él. Y en esos documentos se habla de los seres que he descrito aquí y de las profundas aguas que lo riegan: fuentes y regatos, estanques naturales, cascadas y riachuelos, lagos transparentes. Aguas todas ellas, ya inmóviles o en movimiento, de una vivacidad extrema, burbujeantes, resplandecientes, refrescantes. Y a sus orillas, en la tierra húmeda, o encaramadas en lo alto de los arbustos, en la superficie de los troncos o en los prados, numerosas flores de todos los tamaños, de infinidad de formas, desplegando un paisaje de fragancias y vistiendo la verdura de sorprendentes tonalidades, brillos y fogonazos de color.

Las flores… Quizás fueron las flores las que—en mi recuerdo o en los escritos que menciono—más me impresionaron. Eran flores que hablaban sin palabras, sólo con el silencio embarazoso de su presencia, con su dolor íntimo. Había rosas sensuales, sabrosas al olfato y perfumadas para el sabor, con su poderosa feminidad desnuda, a la vista. Luego, algo más allá, un conjunto de claveles parecían estar irritados con el ámbito que les rodeaba. Se vestían con un aroma mortal que me atraía, pero por el que no quise dejarme llevar.

Continué, continuaba, pues aún estoy viendo y sintiendo aquel jardín, por senderos a los que se asomaban violetas de una rara belleza, misteriosas, introvertidas, que parecían siempre estar ocultando un secreto en su color amoratado, vestigio de una herida antigua que nunca pudieron olvidar. Y a su derredor un campo de margaritas como un enjambre de doncellas reían y saltaban, alegres, poseídas de una dicha incontenible, infantil. Sin embargo, encaramadas a un tronco, o escondidas en un recodo entre piedras, se veían orquídeas, de formas diversas, siempre elegantes, que, aunque parecieran antipáticas, no lo eran, pues tenían tal belleza, tal distinción, que no podrían dejar de contemplarse en ningún momento. También había amapolas como una multitud de pequeños corazones latiendo: eran semejantes a pajarillos, de todas las formas y coloraciones, que hubiesen perdido sus cuerpos y aun así cantasen.

Al pie de un pequeño montículo, diseminados en el verde, se veía un conjunto de jazmines, que parecían guardar las emanaciones de los enamorados, un aura con el que impregnaban el aire que les envolvía. Y, al fondo, desplegando sus vivos colores—rojos, morados, albos—un amplio grupo de geranios parecían alumbrar la entraña de la vida. También había, más extraños, más solitarios, un conjunto de crisantemos amarillos y blancos con esa profunda y salvaje alegría, que alumbra los campos y los llena de significado y de símbolos.

Vi girasoles moviéndose lentamente como en una plegaria, pues adoran al sol y le obedecen ciegamente. Había siemprevivas y también campos de tulipanes como manchas de sangre, semejantes a las profundidades de un cuerpo, que no tuviese contornos sino llagas. Flotando en las aguas de un lago natural, estaban las victorias regias, inmensas, majestuosas, que acompañaban, con su sombra aérea y su aroma imposible, la tranquila calma del agua. Reconocí angélicas que aspiraban a salir de sí mismas, pero no lograban encontrar alguien o algo a lo que entregarse, y estrelícias como crestas de gallo, soberbias y agresivas. Estaba tan lleno el jardín de flores y plantas, de vegetación, que me sería imposible recordar y mencionarlas todas.

Luego, al poco de ponerse el sol, en aquel principio de noche parecieron despertar infinidad de fragancias y, cuando me encaminaba por un silencioso sendero entre tinieblas, distinguí el perfume de las damas de la noche, como un alarido nocturno que pocos soportan: era luna llena y pensé que podría ser así el aullido que emite el astro en su pálida soledad de piedra.

Todo el jardín quedó envuelto por la noche como si se hubiese cubierto con una inmensa túnica, un poderoso manto de piedra y olvido. Poco sabría decir más, pues aquellas imágenes, aquellos aromas y colores quedaron sepultados en mi memoria hasta que las anotaciones de Clarice Lispector* y las acuarelas de un herbario compuesto por Saskia Moro, que están impresas en este libro, me han hecho recordar aquel jardín sin nombre, o cuyo nombre no recuerdo, y me han vuelto a llevar hasta él, hasta sus fuentes inmaculadas, sus aguas cristalinas, sus veredas siempre verdes, sus animales y seres humanos gozando de una autonomía plena, saciados de dicha y esperanza, mientras que allí, en lo alto, las aves vuelan en completa libertad.

traduzido o português por Nylcéa Pedra
Translated by  Merran van der Tak

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* Textos de las flores de Clarice Lispector:
em idioma original
‘Água Viva’ Ed. Nova Fronteira, 9ª edição 1987 (pag. 58-61 e 64)
en español
‘Agua Viva’ Ed. Siruela,  2004, traducción del portugués de Elena Losada (pag. 66-70 y 74)
in English
‘Stream of Water’ published by University of Minnesota Press, 1989, translated by Earl E. Fitz & Elizabeth Lowe (pages 38-41 & 43)
or
‘Água Viva’ edited by Benjamin Moser/New Directions Books, 2012, translated from the Portuguese by Stefan Tobler (pages 50-53 & 56)

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